4 de noviembre de 2008 Bisexualidad, infidelidad y poliamor por Myriam Brito
Uno de los prejuicios más recurrentes respecto a la bisexualidad es que las y los bisexuales “siempre son infieles porque necesitan estar con una mujer y un hombre al mismo tiempo”, es por eso que “no pueden establecer relaciones comprometidas, duraderas, y serias, menos aún, monogámicas”, así que si quieres andar con alguien bisexual “ya sabes que puedes esperar, si eres mujer, seguramente te engañará con un hombre y si está con un varón, sin duda buscará a una mujer”. Palabras más, frases menos, esto es lo que generalmente se piensa acerca de las personas con una preferencia bisexual y su manera de relacionarse.
El asunto es de la mayor gravedad, ya que para toda persona, independientemente de sus gustos y orientaciones sexuales, es fundamental tener relaciones de afecto. Así, cuando mujeres y hombres bisexuales buscan tener vínculos de cariño, amor o erotismo generalmente se tienen que enfrentar a estos prejuicios, pero el problema se complica aún más cuando dichos vínculos los quieren establecer con lesbianas y gays. Una de las historias más recurrentes que han sido compartidas en nuestro grupo de reflexión son éstas donde, al decir su orientación bisexual, la reacción fue de rechazo y exclusión: “ella me dejó de tomar en serio cuando le dije que soy bisexual”; “sin conocerme siquiera, le dijeron que tuviera cuidado conmigo porque, como era bisexual, seguro le pondría el cuerno”; “en cuanto le confesé que era bisexual, terminó conmigo y me dijo que era lo mejora antes que le fuera infiel”; “no puedo decirle que soy bisexual, si lo hago se acaba la relación, tiene muy mala opinión de la bisexualidad, piensa que todos somos promiscuos”.
Desafortunadamente historias como estas se repiten continuamente en las vidas de las personas bisexuales. Como Opción Bi lo ha dicho en diversos foros y de muchas formas, parece que esta orientación nuestra, en la que potencialmente nos pueden gustar mujeres y hombres, nos hace pagar costos muy grandes. Sin duda el peso de la normalidad del género sigue siendo determinante al momento de establecer relaciones eróticas y/o amorosas.
Lesbianas y gays, no sin fuertes luchas de por medio, han ido mostrando que no sólo hay gustos por el “sexo opuesto”, sino que hay mujeres a quienes les gustan las mujeres y hombres que gustan de otros hombres. Pero hasta ahí llega la validez de la diversidad, pues cuando las y los bisexuales decimos que nos pueden gustar ambos géneros o incluso que ya no nos fijamos en que sean mujeres u hombres, sino que nos fijamos en la persona, más allá de su sexo y género, entonces las críticas contra la “dictadura de la heterosexualidad” y la imposición de sus normas no son capaces de ir más allá y ser consecuentes con sus principios. Es válido el binomio sexual mujeres-mujeres y el de hombres-hombres, pero ya no lo es todo aquello que salga de esta dualidad, si te gustan mujeres y hombres, eres indefinida o indeciso pues no tienes la capacidad de elegir “por uno de los dos géneros”, que es lo normal y lo deseable. A partir de aquí el camino para pensar que las y los bisexuales son infieles y promiscuas/os ya no tiene obstáculos; el rechazo y la exclusión son consecuencias no deseadas, pero esperables, aunque no inevitables.
En otro texto de este portal ya se ha explicado que el asunto de la fidelidad e infidelidad no está determinado por las orientaciones eróticas y afectivas, no se es “fiel o infiel” por ser bisexual, lesbiana, heterosexual o gay, lejos de ello, tiene que ver con ciertas normas sociales, donde la monogamia y la fidelidad aparecen como las reglas dominantes para establecer relaciones amorosas. Más aún, el discurso predominante sobre el amor en las sociedades occidentales (el cual también se alimenta de preceptos religiosos) ha establecido que el amor sólo puede realizarse en pareja; su fin principal es el matrimonio y es para toda la vida, pues sólo se puede amar a una sola persona, una sola vez; debe ser monogámico y ambas partes deben ser siempre fieles (pues si no, no se ama realmente) todo, bajo un esquema de obligación moral con duras restricciones, las cuales en los hechos no se cumplen, pero son fuente de mucho dolor, culpa y problemas sin fin. Así, todas las personas, independientemente de nuestra preferencia sexual y de género, estamos influidas por este discurso dominante de lo que se puede llamar, a falta de una idea mejor, “amor sano, duradero y normal”, todas y todos lo llevamos a cuestas y vivimos con él de muchas y distintas formas.
De esta manera tenemos la siguiente asociación de ideas: de quienes no cumplen con la norma de “sólo te puede gustar un género, sólo mujeres o sólo hombres” se piensa que tampoco cumplirán con la otra norma de “sólo estarás con una persona”, como si un elemento fuera determinante del otro. Lejos de ello, hay muchas y muchos bisexuales que establecen relaciones duraderas, comprometidas, monogámicas o de fidelidad, de la misma forma que pueden hacerlo lesbianas, heterosexuales o gays. Igualmente, hay otras y otros bisexuales, lesbianas, heterosexuales o gays que no siguen estas normas sociales, con todas las consecuencias que ello implica. Ojalá que la idea principal quede clara: tener cierta orientación sexual y amorosa, no predispone a nadie a ser fiel o infiel, bisexuales incluidas e incluidos, por supuesto.
Otra vertiente de este asunto, que es importante mencionar, es la que, en los hechos, ya se está ejerciendo en la vida de muchas personas y que se ha llamado “poliamor”. La palabra es relativamente reciente, y como toda idea humana, tiene diferentes interpretaciones y definiciones. Una de ellas es la que dice que una relación poliamorosa es aquella en la que se establece un vínculo de amor y erotismo con más de una persona, siendo uno de sus requisitos más importantes que cada una de las partes involucradas lo sepa y esté de acuerdo en establecer ese tipo de relación. Detrás de esta idea hay una crítica en contra de la monogamia y la fidelidad impuestas y obligatorias, así como también contra el supuesto de que sólo podemos amar a una sola persona, una sola vez en la vida. Lo que se plantea es que no sólo nos pueden parecer atractivas y podemos amar a varias personas a lo largo de nuestra existencia, sino que además se pueden crear ciertos acuerdos para tener relaciones amorosas con ellas.
Aunque la idea es novedosa, ya cuenta con algunos antecedentes, como son las ideas de “amor libre” creadas por el movimiento “hippie” en los años sesenta y setenta del siglo pasado; y más atrás, en las críticas que el pensamiento del socialismo clásico hizo contra el matrimonio burgués, monogámico y opresivo hacia las mujeres, a mediados del siglo XIX. Nombres como los de Charles Fourier (Besançon, Francia /1772-1837) y Robert Owen (Newton, Reino Unido/ 1771-1858) así como los movimientos sociales que contribuyeron a crear, son indispensables para rastrear los orígenes de lo que ahora se está comenzando a llamar poliamor. Algunas y algunos bisexuales, heterosexuales, lesbianas y gays están explorando ya las posibilidades de esta otra forma de tener y vivir relaciones de amor, cariño y deseo.
Sin duda la polémica se mantendrá presente, pero algo se habrá ganado si queda claro, que las y los bisexuales vivimos relaciones amorosas y sexuales, como cualquier otra persona, con tinos y desatinos, con búsquedas y dudas, moviéndonos en esa amplísima diversidad y complejidad que implica ser humanas y humanos.